La expulsión de Francisco Sierralta ante Bolivia dolió más de lo que debería. No por la falta en sí, sino por lo que revela: un equipo que juega con el alma enredada, con el corazón acelerado y la cabeza nublada. La roja fue la chispa de una frustración que venía cargándose desde el minuto uno.
Sierralta saltó tarde, desbordado por una ansiedad que no era solo suya, sino del grupo entero. La falta fue más emocional que táctica, como si la impotencia se le hubiese escapado por los botines.
Este Chile no pierde solo por errores; pierde porque le pesan los fantasmas, porque ya no cree del todo, porque en vez de sostenerse en la calma, se incendia por dentro. La Roja no está al borde de una crisis futbolística: está al borde de sí misma.






