Más allá del esfuerzo azul, la sensación es de injusticia y desilusión.
A veces el fútbol no se define por el juego, sino por los detalles. Y en Buenos Aires, Universidad de Chile aprendió esa lección de la forma más amarga. Quedó fuera de la Copa Sudamericana tras perder 1-0 ante Lanús, en una llave que venía abierta, pareja y con la ilusión azul intacta. Pero todo cambió en una sola jugada: una mano clarísima que el árbitro no quiso ver, y que terminó siendo el punto de quiebre de la noche.
Durante buena parte del encuentro, la U compitió con carácter. Supo sostener el ritmo, presionó alto y trató de adueñarse de la pelota. Lanús resistió, incómodo, hasta que encontró aire en ese contragolpe que, ironías del destino, nació de una infracción no sancionada. El balón golpeó el brazo de un jugador local a mitad de cancha, los reclamos fueron inmediatos, pero el juez venezolano Alexis Herrera dejó seguir. Segundos después, la pelota terminó dentro del arco chileno.
El VAR tampoco corrigió. Y en ese silencio tecnológico, el partido cambió de dueño. Lo que debía ser una falta en el origen se transformó en el gol que liquidó la serie. A partir de ahí, la U fue pura ansiedad: más empuje que fútbol, más coraje que claridad. Lanús, en cambio, jugó con el resultado, administró el tiempo y llevó la historia a donde le convenía.
No se trata de culpar al árbitro por todo, pero es innegable que su desempeño tuvo peso. Un encuentro parejo se desniveló por una decisión —o una omisión— que dejó a la U sin margen de reacción. En torneos internacionales, esas injusticias suelen ser lapidarias.
Al final, el equipo chileno se va con la frente alta, pero con una sensación difícil de digerir. Hizo el esfuerzo, llegó a semifinales, compitió ante un rival de jerarquía… y se quedó sin final por una jugada que debió detenerse mucho antes de ser gol.
El fútbol, dicen, tiene memoria. Y esta semifinal quedará registrada no solo como la eliminación de Universidad de Chile, sino como una noche en la que la justicia se le escapó entre los dedos… o, mejor dicho, entre una mano que nadie quiso cobrar.









