Por Victor Samuel Vega.
El fútbol no entiende de presupuestos ni de historia. Lo volvió a dejar claro Curicó Unido al eliminar a Universidad de Chile en los octavos de final de la Copa Chile 2025. Un golpe inesperado, pero no inexplicable, que expone fragilidades persistentes en el equipo laico y alimenta las dudas sobre su real evolución bajo la dirección técnica de Gustavo Álvarez.
La llave se resolvió con un global de 4-3 en favor del elenco tortero, gracias a la victoria por 2-1 en el partido de ida disputado en La Granja y al empate 2-2 obtenido este miércoles en el Estadio Nacional. Con esa igualdad en Santiago, Curicó sentenció la eliminación de un equipo universitario que, pese a sus aspiraciones, volvió a naufragar en una instancia clave.
La U llegó al duelo de vuelta con la presión de revertir la serie, pero nunca encontró el ritmo ni la contundencia necesaria para imponerse. Curicó, en cambio, jugó con inteligencia y personalidad, capitalizando los espacios que dejó un rival obligado a adelantar líneas. Fue un equipo compacto, aplicado tácticamente y emocionalmente preparado para resistir y golpear en el momento justo.
La eliminación duele en lo deportivo, pero también en lo simbólico. Universidad de Chile venía construyendo, al menos desde los números, una imagen de mayor solidez en el Campeonato Nacional. Sin embargo, esta caída vuelve a encender las alarmas de un equipo que, fuera del Nacional o incluso en su propia casa bajo presión, parece diluirse con demasiada facilidad. No hay jerarquía que marque diferencias, ni jugadores que asuman el peso de la camiseta en partidos decisivos.
Álvarez optó por un equipo con varios titulares para la revancha, pero el rendimiento colectivo volvió a quedar al debe. El mediocampo careció de fluidez, las bandas fueron irregulares y la defensa, una vez más, mostró grietas preocupantes. A pesar del empuje final, el equipo azul no logró inclinar la balanza, ni siquiera con el respaldo de su gente en el Nacional.
Del lado de Curicó, el avance tiene sabor a reivindicación. En un año difícil, tras el descenso a la Primera B, el equipo dirigido por Damián Muñoz encuentra en la Copa un bálsamo competitivo y una fuente de motivación. Su propuesta fue valiente en ambos partidos, con presión alta, orden táctico y un oportunismo ofensivo que marcó la diferencia. No fue una victoria casual ni fruto de un golpe de suerte: fue el resultado lógico de un equipo que creyó más y ejecutó mejor.
Universidad de Chile, en cambio, deberá hacer una autocrítica profunda. Porque más allá de los progresos que insinúa en el torneo local, sigue quedando la sensación de que no ha logrado reconstruir ese carácter competitivo que alguna vez la hizo grande. La Copa Chile ofrecía una vía directa para disputar un título y asegurar presencia internacional. Hoy, esa posibilidad se esfuma, y con ella, parte del discurso de consolidación que intentaba instalar su cuerpo técnico.
A medio año de competencia, la U vuelve a tropezar con una realidad que la persigue hace más de una década: la de un gigante que aún no logra despertar del todo. Que insinúa, pero no concreta. Que promete, pero no cumple.-






